Los macushi —escritos macuxi en Brasil y makushi en Guyana— son el pueblo de habla caribe más numeroso de América, y viven a ambos lados de una frontera trazada justo a través de ellos. Unos 33.600 están en el estado brasileño de Roraima, unos 9.500 en el Rupununi guyanés y un número menor en Venezuela. Pertenecen al mundo más amplio kapón y pemón de hablantes caribes de las tierras altas guayanesas.
La colonización portuguesa los alcanzó a mediados del siglo XVIII, y el fuerte São Joaquim se levantó en la confluencia del Uraricoera y el Tacutu en 1775 para sostener la frontera. Los pueblos de misión intentaron reunir a los macushi en asentamientos fijos y en gran medida fracasaron: la gente no se quedaba. Una rebelión en 1790, encabezada por el jefe Paraujamari, puso fin a la política oficial de asentamiento forzoso.
El siglo XIX logró lo que las misiones no. La recolección de caucho y el trabajo por deuda sacaron a la gente de sus comunidades, y la ganadería se extendió por las sabanas del río Branco. Los registros son claros sobre lo que siguió: el desplazamiento de las familias macushi fuera de su tierra fue menos migración que expulsión, a medida que las haciendas tomaban los pastizales y los ríos.
Lo que sobrevivió a ese siglo fue un pueblo que nunca cedió la tierra, y el siglo XX se convirtió en un largo litigio al respecto, que los macushi acabaron ganando en el tribunal más alto de Brasil.
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Culturas Editorial Team / 27 ago 2026
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Territorio
El país macushi es sabana. Se extiende desde los pastizales abiertos del noreste de Roraima hasta las estribaciones de las montañas Pakaraima, y cruza la frontera guyanesa hacia el norte del Rupununi, donde una veintena de asentamientos se sitúan entre la sabana y los cerros. No es selva húmeda, y el ritmo estacional de un pastizal inundable determina todo el modo de vida.
El centro del lado brasileño es la Tierra Indígena Raposa Serra do Sol: 1.678.800 hectáreas que albergan a unas 10.000 personas en unas 85 aldeas, con alrededor de 140 aldeas macushi en Brasil en total. Su demarcación fue uno de los casos de tierras más largos y encarnizados de la historia brasileña.
La secuencia importa. El territorio fue identificado como un área continua única en 1993. Una portaría ministerial lo reconoció en 1998. La homologación llegó en 2005, excluyendo el municipio de Uiramutã y las instalaciones militares. El gobierno estatal de Roraima y los arroceros que ocupaban la tierra lo impugnaron hasta el Supremo Tribunal Federal, que confirmó la demarcación en 2009 y ordenó la salida de los ocupantes no indígenas restantes.
El fallo resolvió la mayor cuestión pendiente de derechos territoriales indígenas en Brasil en ese momento, y lo hizo sobre el principio de que el territorio debía permanecer continuo en lugar de fragmentarse en islas alrededor de las haciendas: exactamente lo que los macushi habían defendido durante dieciséis años.
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El macushi pertenece a la familia caribe y es la lengua caribe más hablada del mundo, distinción que dice tanto sobre las pérdidas de esa familia como sobre la vitalidad macushi. Aparece en la literatura con muchas grafías: makushi, makusi, macuxi, macusi, macussi, y los nombres antiguos teweya y teueia.
Se habla en tres países, lo que significa que vive bajo tres sistemas educativos y tres lenguas dominantes: portugués en Brasil, inglés en Guyana, castellano en Venezuela. La transmisión es más fuerte en las aldeas y más débil en los pueblos, y la lengua se clasifica como amenazada pese a su número comparativamente alto de hablantes.
Los maestros macushi se han organizado en torno a esto. En Roraima, la Organización de Profesores Indígenas de Roraima ha sido central en la educación indígena y en producir material didáctico en la lengua y no solo sobre ella.
En Guyana el trabajo ha tomado otra forma. La Unidad de Investigación Makushi del North Rupununi District Development Board, un grupo de trece mujeres, ha documentado lengua y conocimiento cultural en treinta comunidades: investigación hecha por mujeres makushi en comunidades makushi, que es el modelo que este archivo quisiera ver más a menudo.
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La agricultura macushi es de roza en la sabana y sus bordes de monte: yuca brava ante todo, con maíz, ñame, batata, plátano, sandía y piña. Los hombres tumban y siembran; las mujeres desyerban, cosechan y procesan, y son ellas quienes guardan el conocimiento detallado de qué se siembra y por qué.
La magnitud de ese conocimiento está documentada. Trabajando en treinta comunidades, la Unidad de Investigación Makushi registró 124 variedades de yuca brava y ocho de yuca dulce: un catálogo de selección hecho por manos de mujeres y, hasta que se escribió, guardado enteramente en la memoria.
La yuca brava es venenosa hasta ser procesada, y el trabajo elaborado de volverla comestible es la labor diaria que estructura una casa. De ella salen harina, pan, las bebidas fermentadas caxiri y pajuaru que retribuyen el trabajo colectivo, y el cassareep, la reducción oscura que conserva y da sabor a una olla durante días.
El año tiene dos mitades. En las lluvias, de mayo a septiembre aproximadamente, las familias se dispersan hacia chacras de altura. En la seca, de noviembre a marzo, la gente se concentra para la caza y la pesca colectivas en la sabana que se seca. El ganado se sumó a esto en el siglo XX: hatos comunales creados con la Diócesis de Roraima, la Funai y el gobierno estatal, en respuesta directa a la escasez de caza.
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La producción macushi es trabajo de fibra, y su material maestro es la palma buriti. La fibra de la hoja joven se extrae y se seca hasta obtener tibisiri, que luego se teje en bolsas, esteras, hamacas y cordelería. Las bolsas de tibisiri están entre los productos makushi más reconocibles de Guyana y hoy se venden mucho más allá del Rupununi.
La cestería es el otro pilar, y buena parte existe para servir a la yuca. Los cernidores, prensas y coladores con que se vuelve comestible la yuca brava son ellos mismos objetos tejidos, hechos con una forma dictada exactamente por la tarea, y el equipo de trabajo de una casa es en gran medida algo que alguien de la casa tejió.
La madera, el barro y el algodón completan el resto: canoas y remos, bancos, morteros, ollas y hamacas. La chaquira y el adorno de plumas aparecen en la vestimenta de fiesta antes que en el uso diario.
La artesanía se ha vuelto un ingreso en ambos países, y los grupos de mujeres makushi han tomado la delantera en organizarla, lo que además ha hecho visible el trabajo como producción especializada y no como recuerdo turístico. El archivo registra a los autores por su nombre siempre que una fuente lo dé, y agradecería documentación directa de las tejedoras.
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El hecho decisivo de la historia macushi reciente es la sentencia de Raposa Serra do Sol de 2009. Tras dieciséis años de impugnaciones, el Supremo Tribunal Federal confirmó el territorio como área continua única y ordenó el retiro de los arroceros y demás ocupantes no indígenas que se habían establecido dentro.
La victoria fue real y también condicionada. La Corte adjuntó a su fallo una serie de condiciones que desde entonces se citan en los debates sobre lo que los territorios indígenas pueden y no pueden hacer, y el estado de Roraima ha seguido siendo políticamente hostil a la demarcación. Sostener lo ganado ha sido trabajo continuo antes que resultado cerrado.
Las presiones actuales son el interés minero en las tierras altas de Pakaraima, la ganadería en los márgenes de la sabana y la dificultad ordinaria de llevar salud y educación a un territorio muy extenso y muy poco poblado. Del lado guyanés las cuestiones difieren en forma y se parecen en fondo: titulación de tierras, minería y el alcance de los servicios en el Rupununi.
Las organizaciones macushi han sido protagonistas del movimiento indígena en ambos países —el Consejo Indígena de Roraima en Brasil, el North Rupununi District Development Board en Guyana— y el archivo las trata como las autoridades sobre sus propios asuntos.
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La tradición textil macushi es de fibra más que de tela, y la palma buriti es su base. Se cosecha la hoja joven aún plegada, se le extrae la fibra, se seca al sol hasta que palidece y se trabaja en tibisiri: el hilo con que se hacen bolsas, esteras y hamacas.
El algodón se hila y se usa, principalmente para hamacas y cordelería, y la hamaca es el objeto tejido más importante de una casa macushi: es cama, es asiento y es donde se traslada a una persona enferma.
El tinte proviene de plantas del monte y del huerto, y la gama de color en el trabajo de tibisiri es deliberadamente sobria. El patrón es estructural —lo produce el propio ligamento y no una aplicación posterior—, razón por la cual la calidad de una pieza se juzga por su uniformidad y tensión antes que por su decoración.
Es trabajo de mujeres, enseñado entre generaciones dentro de la casa, y se ha vuelto una de las fuentes más fiables de ingreso propio en las comunidades del Rupununi. Como en varias secciones de aquí, el registro técnico en fuentes publicadas accesibles es más delgado de lo que la práctica merece, y las propias tejedoras son las colaboradoras que esta sección necesita.
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La cerámica macushi es un oficio doméstico antes que un arte celebrado, y ahí reside precisamente su interés: las ollas existen porque existe la yuca.
Las piezas son ollas de cocina, tinajas de agua y, sobre todo, la olla grande en que se mantiene a fuego lento el líquido reducido de la yuca. El barro se saca localmente, se levanta a mano y no al torno, y se quema a cielo abierto. La decoración es mínima: son objetos de trabajo, juzgados por cómo retienen el calor y cuánto duran.
La más importante contiene el pepper pot —damurida en uso macushi—, el guiso en que el cassareep, los ajíes y la carne o el pescado disponibles se mantienen durante días, reponiendo la olla en lugar de vaciarla. La cualidad conservante del cassareep es lo que lo hace posible, y la olla funciona casi como una institución de la casa.
La producción cerámica ha disminuido allí donde llegan el esmalte y el aluminio, como en toda la región, y hoy sobrevive con más fuerza donde persiste la práctica culinaria antigua. El archivo lo consigna sin tratarlo como pérdida: un pueblo que elige batería de cocina más liviana no es un pueblo que pierde su cultura.
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La danza más asociada a los macushi es la parishara, también escrita parixara: una danza en fila ejecutada por hombres y mujeres juntos, que acompaña las fiestas y las mingas de trabajo colectivo que pautan el año.
La música aquí es inseparable del trabajo y de la bebida. El caxiri y el pajuaru, bebidas fermentadas de yuca, son lo que una casa ofrece a cambio del trabajo colectivo —abrir una chacra, levantar una casa— y la reunión que sigue es donde ocurren el baile y el canto. La música es tanto una obligación saldada como un entretenimiento.
Entre los instrumentos registrados en la región hay flautas, sonajas y tambores, tocados para acompañar la danza más que como interpretación solista. Los cantos pertenecen a ocasiones, y algunos pertenecen a personas determinadas; el archivo no reproduce textos de cantos.
Categoría aparte y cerrada es el canto curativo del piatzán, el chamán, que describe la recuperación de un alma capturada. Son habla ritual antes que interpretación, y aquí se nombran sin ser citados.
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El mundo macushi está en capas. Hay un plano terrestre donde vive la gente, uno subterráneo habitado por seres llamados wanabaricon y uno celeste, kapragon. Entre ellos se mueven otras clases de seres: los omá:kon de los cerros y el monte, que aparecen bajo forma de animales de caza, y los makoi, seres serpiente de cascadas y pozas profundas.
Estos seres pueden capturar el alma de una persona —el stekaton— y la captura del alma se entiende como causa de la enfermedad grave y de la muerte. Dentro del sistema esto no es metáfora: es el mecanismo, y determina a quién se llama cuando alguien enferma.
El especialista es el piatzán, el chamán, que posee los medios de enfrentar a esos seres y recuperar lo que se han llevado. El trabajo se hace mediante el canto, y el canto narra el rescate mientras ocurre.
El origen se cuenta a través del héroe Macunaíma y del árbol wazacá, que contenía todas las plantas cultivadas y cuyo tronco caído se convirtió en el monte Roraima, la montaña que se alza en el punto donde se encuentran Brasil, Venezuela y Guyana y que se ve desde todo el país macushi. El archivo nombra este ciclo y no lo vuelve a contar: el relato pertenece a quienes lo guardan, y contarlo les corresponde a ellos.
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La comprensión macushi de la enfermedad empieza fuera del cuerpo. La dolencia grave o persistente se lee como la captura del alma de una persona por alguno de los seres que comparten el mundo —los omá:kon de los cerros y el monte, los makoi de las aguas profundas— y tratarla significa recuperar lo que fue tomado y no solo aliviar lo que se siente.
El piatzán es el especialista capaz de hacerlo. El trabajo se realiza en canto, y el canto es la narración del viaje y del rescate. Se aprende de un maestro concreto a lo largo de un aprendizaje largo, y no se enseña abiertamente.
Junto a esto hay un amplio conocimiento doméstico de plantas para heridas, fiebre, dolor, digestión y parto, guardado sobre todo por las mujeres mayores y tomado más del huerto que del monte profundo. Es la capa de práctica que se pierde con más facilidad cuando las familias se trasladan a Boa Vista o a Lethem.
La salud pública aquí está marcada por la distancia. Las comunidades están dispersas en una sabana muy extensa, los centros de salud quedan lejos y la malaria, la tuberculosis y las enfermedades de origen hídrico reaparecen. El archivo registra las prácticas y a quienes las ejercen; no publica preparaciones, partes de plantas, cantidades ni combinaciones de planta y método, que no son conocimiento suyo para repartir.
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La construcción macushi sigue al paisaje, y el paisaje tiene dos mitades. En las tierras altas boscosas, las casas han albergado históricamente a una familia extensa bajo un mismo techo comunal. En la sabana abierta, las viviendas son separadas y dispersas, y una aldea se lee como un conjunto de casas antes que como una sola estructura.
Los materiales son madera, barro y palma —buriti sobre todo, tanto para el techado como para la fibra—. Las paredes son de barro sobre estructura de madera o quedan abiertas donde el clima lo permite, y el techo de fuerte pendiente hace el trabajo de desaguar un aguacero de sabana.
La casa se levanta colectivamente. Parientes y vecinos acuden a alzarla, y la casa retribuye ese trabajo con caxiri y pajuaru, razón por la cual la construcción aparece en el registro como una ocasión con música y baile antes que como una tarea constructiva. La obligación corre en ambos sentidos y se recuerda.
Las aldeas se ordenan por parentesco, con agrupaciones que reflejan qué familias están emparentadas y cómo. La residencia tras el matrimonio suele ser con la familia de la esposa, de modo que un conjunto crece en torno a un grupo de hermanas y sus casas: la expresión espacial de cómo funciona realmente la política macushi, ya que la posición de un dirigente descansa en la amplitud de sus relaciones por matrimonio.
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